
DESOVE DE TORTUGAS EN IXTAPILLA, COSTA DE MICHOACÁN
CUENTO HISTÓRICO: http://www.racma.org.mx/

Carlos García M.
Era 2 de noviembre, día de muertos, se nos ocurrió salir a la muestra artesanal de esta tradición mexicana, que se realiza en el Parque Erandeni, aquí en el Puerto, Lázaro Cárdenas, Michoacán, estábamos de vacaciones por unos cuantos días mi mujer y yo. Nada mejor que recorrer la población, ya por la noche tomamos la decisión de participar la muestra tradicional mexicana del día de Todos los Difuntos, desconocíamos como se llevaba a cabo en este lugar. Recordamos, que en lugares como Patzcuaro, las tumbas se llenan de arreglos florales y de los alimentos que más le gustaban, en vida, al difunto y se festeja en el panteón hasta el amanecer y, bueno, aquí en el Puerto desconocíamos como se festejaba esta tradición.

Salimos cerca de las nueve y media de la noche y nos fuimos al Parque Erandeni caminando, nos quedaba cerca de donde estábamos hospedados, pronto nos encontramos con gente que andaba disfrazada de diferentes y tétricos personajes, las máscaras que portaban eran ideales para el momento, los festejos eran una mezcla de haloween y noche mexicana de muertos, bueno, eso fue lo que pensamos mi mujer y yo. Vimos algunas momias, hombres lobos, vampiros, a la llorona, a la catrina, a muchos esqueletos caminando y calaveras deambulando por ahí, todo dejaba sentir un ambiente de fiesta y alegría, nosotros seguimos caminando adentrándonos al parque, comprando chucherías y comiendo calabaza con miel.

Nuestra presencia en ese lugar, al igual que otros destacaba, puesto que no portábamos ninguna clase de disfraz. No falto que alguno de los muertos que deambulaban nos gritaran: — ¡Ya quítense la mascara!—. Soltando la carcajada junto con nosotros. La noche era fría y optamos por tomarnos unos atoles de chocolate con unos tamales riquísimos, el tiempo transcurría y el lugar se había convertido en una verbena. Tuvimos la satisfacción de poder observar las ofrendas tendidas sobre el piso, realizadas por los lugareños con una excelente calidad de ejecución. El mexicano tiene la gracia de elaborar fantasías y cosas graciosas entorno a la muerte, dicen, que el mexicano se ríe de la muerte.

La noche avanzó en el tiempo y las horas silentes marcaban más allá de la una de la mañana. Nos miramos y bastó para comprender que había llegado la hora de regresar, con el paso cansado íbamos bajando la cuesta que con tanto trabajo habíamos ascendido por el caminito que serpentea alrededor del cerro; porque el Parque Erandeni es un cerro ubicado en el centro de la ciudad que permite ver desde su cúspide gran parte del Puerto. Observamos lo que quedaba de aquella noche de muertos, los tendidos de las ofrendas florales continuaban en el piso adornando aquella especie de tumbas, tal vez, yo las observaba un poco más abultadas, como si en realidad fueran de verdad, en nuestro recorrido inicial no me percaté de las cruces que formaban parte de este adorno, ahora las veía demasiado realistas. Mi mujer, no ocultaba su miedo ante las mascaras horrendas que portaban los que, hasta esa hora, todavía deambulaban por la empinada cuesta abajo.

— ¡Vaya! Parece que te producen miedo esas mascaras, cuando al principio parecías divertirte con toda esta parafernalia—. Le dije a mi mujer al sentir como apretujaba su cuerpo contra el mío, cada que topábamos con alguien disfrazado.
—En realidad, siento miedo de todo esto, siento que la noche esta más cargada de pesadez, se puso lúgubre para mí. Tal vez, sea el cansancio que provoca que se me alteren los nervios y sienta temor o miedo.
—Bueno, si quieres detenemos al próximo que no encontremos de frente y dialogamos con él, para que pierdas ese miedo absurdo, no pasa de que se quite el disfraz y, ya.
— ¡No!, ¿cómo crees? Se burlarían de mí, prefiero ir caminando a tu lado y cerrar los ojos cuando sea necesario. Sinceramente siento miedo.
—Entonces, siendo así, apresuremos el paso, para salir rápidamente de este lugar, porque la noche se esta enfriando demasiado—Tomé a mi mujer y la abracé, noté que venía temblando no sé si de miedo o de frío.

Aunque eran la una de la mañana, la gente no dejaban de caminar por las calles luciendo sus más espantosos atuendos, ahora, parecía que se hubieran duplicado y que los disfraces los trajeran pegados a la piel. Era cierto la noche se sentía más pesada, se lleno de neblina y el suave viento que soplaba hacía que el frío calara más. Me desatendí de esta situación y opté por imprimirle agilidad a mis pasos, creo que nos habíamos ilusionado demasiado con este ambiente festivo y extraño a lo que comúnmente no estábamos acostumbrados. Nos fuimos acercando al sitio por donde habíamos entrado y pude observar que los comerciantes que cuidaban los tendidos de sus ofrendas, ahora dormitaban o simplemente se encorvaban para soportar el frió que seguía arreciando a esas horas de la mañana. Ya nadie ofrecía su mercancía, en algunos lugares solo se podía ver el bracero y la mesa llena de viandas, pero nadie ofrecía sus artículos en venta. Yo apetecía otro atole para menguar el frío que sentía, pero nadie respondió a mi demanda, sólo levantaban la mano y con el dedo índice me indicaban, con un leve movimiento, que no. Que extraña manera de comportarse con las visitas—. Dije para mis adentros.
El silencio no era absoluto, dentro de la incomprensible lobreguez del ambiente, se dejaba escuchar un ruido lejano, como el golpeteo de un enorme tambor y unos gigantescos platillos a intervalos irregulares. A esto, pensé que se celebraba una fiesta, amenizada con ese tipo de música moderna a base de percusiones fuertes y repetitivas, en fin, que las cosas tenían un porqué. En realidad yo no sentía miedo alguno, para mí todo seguía su cause normal, sólo los transeúntes habían dejado de saludar alegremente, como lo habían estado haciendo, pensé que unas copas de más era la posible causa de esta descortesía. Debido a la neblina las farolas tenían un radio de iluminación muy corto, se veían opacas y, quizás ajenas al sitio donde fueron colocadas, las sombras jugaban a esconderse debido a esta falta de luz. Sólo hasta que nos fuimos acercando a la salida los pasos de la gente, de los que pasaban por ahí, no producían ruido alguno, esto me lo hizo notar mi mujer, pero me pareció que carecía de importancia, porque bien pudieran andar calzados con zapatos tenis, o sandalias, aunque me desconcertó el profundo silencio que de pronto se dejó sentir por aquel sitio.
Ya habíamos pasado la enorme piedra, donde a nuestra entrada nos sentamos un momento a observar el ambiente y que para nosotros indicaba la salida de ese lugar, sólo faltarían unos quince metros más cuadras más, vimos que la gente estaba sentada en los sitios donde las vimos al entrar, otros caminaban hacía ningún lugar, deambulaban, a nadie parecía importarles nuestra presencia. Voltee a mirar a mi mujer y ésta venía caminando con los ojos cerrados, así que preferí no comentarle nada, en verdad, que ella si tenía miedo de esta situación, ¿pero de qué? El aroma a incienso y copal llegaba a mi olfato impregnado de olor a carbón de los braceros que aún mantenían brazas ardiendo, estuve tentado a servirme un atole por mi cuenta, pero al luz de una linterna me lo impidió. Era una patrulla de policía que estaba estacionada, exactamente, en la entrada a esta romería del día de muertos.
—Deje esas cosas ahí mi amigo— Fue el grito del policía que detenía mi acción—, esas ollas ya están vacías, si quiere atole vengase mañana temprano al tianguis de la colonia.
—Disculpe, pero es que con este frío es necesario calentar el cuerpo, además, hemos pedido por favor a esta gente que parece no escuchar, por eso tomé la decisión de servirme el atole por mi propia mano—. Le contesté al policía, que me echaba la luz de su lámpara directamente a la cara. En tanto mi mujer me jalaba el brazo, llamándome la atención en señala de que yo callara.
—Bueno efectivamente, ninguno de esos monigotes le va a contestar porque son de cartón o, ¿qué sé yo, que cosa?, pero están hechos a mano— Entonces señaló con su lámpara sorda a las figuras con apariencia de comerciantes—, como verá estas cosas no tienen vida. Además, ¿qué andan ustedes haciendo a estas horas por aquí?, esto se terminó como a las once de la noche, les voy a decir; después de esta hora no hay quien que se atreva a caminar dentro del Parque Erandeni, así que dígame qué les pasa.

—Nada. Sólo que caminamos hasta la punta del cerrito y el tiempo se nos fue, pero ya estamos de regreso y con mucho frío, al igual que la demás gente que nos encontramos por el camino y que siguen con sus disfraces puestos.
—Pues, no estamos para bromas, pero déjeme repetirle, que el permiso para realizar este festejo sólo esta autorizado hasta las once de la noche y nosotros somos los encargados de ver que esto se cumpla al pie de la letra.
—Quiere usted decir, que desde las once de la noche la gente comenzó retirarse. Pues nosotros en el trayecto hacia acá, nos hemos encontrado con más gente que cuando llegamos al festejo. ¿Verdad Ana?— Quise respaldar mis respuestas haciendo que mi mujer interviniera en la plática, quien todavía seguía pálida de miedo y se negaba a contestar— ¿Qué te pasa—. Volví a dirigirme a ella, que sólo se limito a levantar el brazo para señalarme la calle que habíamos dejado atrás. —Voltee a ver lo que me señala y quede sorprendido de que la calle principal del parque, se viera tan iluminada, sola y sin neblina, los faros iluminaban nítidamente los costados de esta caminito llenos de ofrendas y pequeñas calaveras de cartón y de dulce. Fue entonces que escuché lo que el otro policía comentaba al respecto de nuestra situación.
—Seguramente se les han pasado las copas y han estado viendo cosas de más, por esta entrada tiene rato que no transita ni una alma, a menos que sean ustedes tan privilegiados de haber visto a las almas de los difuntos que, como cuenta la tradición vienen a disfrutar de las viandas que se ofrendan en los altares o en los tendidos a lo largo de la calle…
— ¡Dios mío!—Intervino mi mujer—, ya decía yo que esos disfraces parecían tan reales, con razón los pies eran cadavéricos, de puros huesos y ese extraño olor a muerte que yo percibía. No cabe duda que eran verdaderos difuntos—Sólo alcanzó a decir esto último y se desmayó en mis brazos.
Ahora que recuerdo bien, de un momento a otro, todo cambio, el aire se enrareció, el ambiente se puso lúgubre y los transeúntes se volvieron demasiado tétricos y silenciosos. Me llega a la memoria que era demasiada coincidencia, que todos anduvieran disfrazados de esqueleto y vestidos de andrajos. Creo que traspasamos el umbral de la otra dimensión. Mi mujer nunca se recuperó del susto, yo he vuelto a visitar el mismo sitio, a la misma hora y no ha sucedido nada igual, o parecido a lo que nos aconteció aquella noche 2 de noviembre de 2008.
Fin


Carlos García Martínez.
Aquella mañana, tocaron el timbre de la casa tres veces seguidas, en la última se tardaron uno poco más oprimiendo el botón, provocándome fastidio. Consideré que esto es una forma exagerada de llamar a la puerta, con una vez hubiese sido suficiente. Seguramente, la sombra que se dejó traslucir por el cristal, fuese de quien fuera, tenía mucha prisa y no había escuchado mi respuesta de ¡Voy! Abrí la puerta y sólo me encontré un paquete de regular tamaño, como una caja de zapatos. Salí al porche y mire para ambos lados de la calle en espera de encontrar al desesperado emisario, pero no había alma alguna sobre la avenida Reforma. Cogí el paquete y sentí que pesaba demasiado para el volumen que representaba. Lo agite, como un acto de rutina, quizá porque todos agitamos los paquetes y los llevamos al oído en espera, me supongo, de adivinar su contenido. Cerré la puerta, tomé asiento en el sofá del recibidor de mi “Hogar dulce Hogar“. Rasgué la envoltura del sorpresivo paquete, corté la cinta canela con unas tijeras y lo que vi dentro me era demasiado ajeno, lo que estaba viendo era algo desconocido para mí. Busqué sobre la tapa del envoltorio el nombre o dirección del remitente.

El paquete no traía consigo dato alguno, sólo aquella pieza romboide, metálica, blanca, hueca, como si fuera de platino, con incrustaciones de cobre, o tal vez hechas en oro. En sí, y para una definición más sencilla, eran como dos platos juntos, invertidos, sólo que un poco más aplastado, estaba excelentemente pulimentado y los signos incrustados, para mi gusto mostraban un sistema planetario, algunas coordenadas, una lectura en sistema binario y una esvástica o cruz gamada al centro. Pero lo más sorpréndete era un número, que parecía determinar alguna fecha o año 3000 y junto a ella, los nombres de Enlil—Visnú—, que venían en la parte de atrás, en sánscrito. También, estaba dibujado un arco iris, que partía desde el espacio o viceversa desde la tierra, hasta otro punto que no se observaba en el detalle aquel. Ante estos datos, pensé que todo era una broma, ya me las habían hecho, en algunas ocasiones, mis propios compañeros arqueólogos.
Por estas fechas me encontraba trabajando en la construcción del Malecón sobre la ribera de la Desembocadura del Río Balsas, realizando excavaciones. El enorme movimiento de tierra fue sacando a la superficie pequeños objetos precortesianos. Estábamos ahí, porque fuimos enviados a realizar un estudio sobre los antiguos asentamientos indígenas. En realidad, sólo encontramos vestigios recientes de los últimos Señoríos Purépechas, algunas figuras de barro y utensilios del periodo anterior a la conquista. Así que este objeto, nada tenía que ver con lo hallado hasta el momento en esta región lacustre y mucho menos los metales con que estaba realizado este trabajo tan fino.
Además, era tan sorprendente la filigrana de los símbolos o guarismos ahí inscritos, que debido a mis conocimientos de antropólogo, los consideraba extrapolados de la región o de las etnias tarascas que habitaron estas tierras del bajo Balsas. Entonces, quedaba claro que ellos no podían ser los artífices de este desconocido objeto. Sobra decir, que requería de una buena limpieza, aparte de un estudio minucioso para determinar su procedencia en el caso de que fuera una pieza original. A simple vista, el lenguaje utilizado en algunos detalles era el antiguo sánscrito, de uso común hacía cientos, quizá miles, de años en la India.
Opté por llevar la pieza hasta mi mesa de trabajo, le tomé medidas: 25 centímetros en el eje mayor y 15 en el eje menor por 12 centímetros de espesor en su área central. Comencé a despejar las dudas, saqué mis pequeñas brochas del oficio, los líquidos adecuados, ya que presentaba zonas de herrumbre, si no me equivoco, por haber estado bastante tiempo bajo la humedad. Me aprestaba a limpiar la pieza, cuando sonó el timbre de mi celular, cortando de tajo mis elucubraciones preliminares sobre el incomprensible objeto.
—Sí. Bueno, si efectivamente, contesté—Al otro lado de la línea alguien preguntaba por mi nombre—, soy el antropólogo Dionisio Metz, ¿qué se le ofrecía?
—Vera usted, es un poco complicado de explicar, pero yo soy la persona que depositó fuera de su casa el objeto, que seguramente, en estos momentos estará analizando con detención. Soy en pescador aficionado, ya que en realidad me desempeño como maestro de Historia Universal en la Universidad de San Nicolás de Hidalgo. Quiero pedir mil disculpas, por no entregar el paquete personalmente, pero venía conmigo un amigo que se accidentó y requería de atención médica urgente, esta persona es la quien me facilitó encontrarlo. Posiblemente usted observó la ambulancia que pasaba frente a su casa en esos instantes éramos nosotros.
—Disculpe usted—Le interrumpí—, pero por teléfono no vamos a resolver nada. Este objeto, el que usted dejó en mi casa requiere más de una explicación o una sencilla disculpa que se pretenda dar. Me supongo que este extraño objeto es… mmm… ¿Cómo le diré?, ¿original?, de ser así, le ruego que venga usted a mi casa ahora con más calma para poder conversar al respecto. ¿Qué le parece?
—Perdón, tiene usted razón, le debo más que una explicación. ¿Le parece bien que me presente en su domicilio a las siete de la tarde?
—Perfecto, aquí lo estaré esperando. No se preocupe usted. Gracias—. El hombre aquel repetía disculpa tras disculpa, sin llegar a soltar el auricular.
Regresé con mayor interés al objeto desconcertante, preparé con carbonato de sodio, sal y jugo de limón, una mezcla para limpiar de forma emergente “la cosa” aquella. Al ir descubriendo las partes enmohecidas, iban apareciendo palabras, oraciones incompletas escritas en sánscrito antiquísimo. Tuve que salir a comprar un solvente industrial, había en el objeto zonas gruesas y endurecidas de moho. Ahora que recuerdo, no le presté mayor atención a la ambulancia que pasaba frente a la casa cuando salí a recoger esta “torta metálica”, pero me pareció que alguien hacía señas, seguramente mi desconocido amigo. No sé, en realidad, que espera de mí, la pieza por sí sola tiene un valor elevado, está hecha de una rara mezcla de materiales que habrá que identificar plenamente. Aunque a simple vista resalta la presencia de oro en todos los símbolos que trae, me despierta admiración el raro contexto de su escritura y algo que parece un código binario, pero son elucubraciones, ya veremos. No descarto que esto sea una broma, como las que ya me han hecho pasar mis amigos. Regresé de comprar el solvente y ya estaban dos personas en el quicio de la puerta, supongo que eran mis desconocidos amigos por la forma en que me saludaban.
—Pasen por favor— Les dije después de estrechar su mano—, no recuerdo haberlos conocido antes. Pero, ¿qué está pasando?
—En realidad, yo lo conocí a usted hace algunos años, unos pescadores, amigos de mi padre, le vendieron esta extraña pieza y le hablaron de usted. Yo venía acompañando a mi padre y recuerdo que usted era joven y yo también, en esa ocasión se llevó a cabo una charla en el restaurant “El Cayuco Río” usted se ha de acordar.
Cuando me dijo esto, recordé de golpe al hombre aquel que me hablaba de un extraño hallazgo, encontrado dentro del vientre de un tiburón. Dijo que en la próxima ocasión lo iba mostrar, por cierto concertamos una cita, creo que para el mes siguiente de aquel año, esto no lo recuerdo muy bien.
—Pero eso fue aproximadamente hace unos 30 años— Le recordé—, y tengo un vago recuerdo de usted, como bien lo acaba de decir, éramos jóvenes. Yo tenía algún tiempo de haber llegado aquí a la región. Mi esposa es nativa de este lugar le hice el comentario. Observaba yo al sujeto aquel que había tomado la palabra y el otro sólo sonreía a mis respuestas mesándose su luenga barba.
—Mi padre acudió a la cita, sólo que usted salió a la ciudad de México por esos días, mi padre ya murió. En vida me encomendó el trabajo de localizarlo a usted como diera lugar sin importar tiempo ni dinero y aquí me tiene.
— ¿Está usted seguro que esta pieza es original?, le pregunto esto porqué el acabado se ve moderno, actual, dijera yo. La sonrisa de mi visitante era patética, contrastaba con su rostro anguloso y de facciones finas, la nariz larga y puntiaguda, los ojos redondos, negros y pequeños, era una cara de caricatura.
—Eso ni duda cabe, yo estuve al lado de mi padre, cuando los pescadores se le acercaron, atracábamos nuestra embarcación en el muelle, ellos traían al escualo destrozado y señalaban la parte donde habían encontrado este objeto, que hoy es de toda nuestra atención.
—Me gustaría saber qué tanto descubrió su padre acerca de este objeto y cuál es la opinión que le merece. Además me gustaría saber quién es usted y la persona que le acompaña, perdón por lo abrupto de la pregunta pero…
—Tiene usted razón, le ruego me disculpe. Yo soy Alejandro Polansky, me desempeño como maestro de Historia Universal y mi amigo es Martín Salazar hombre dedicado a preservar los hallazgos arqueológicos de aquí de la zona y quien atenido a bien ayudarme a localizarlo a usted. Ahora bien, con este artefacto en las manos, me ha tocado aprender lenguas muertas para tratar de entender lo que en él dice. Si usted me lo permite, puedo mostrar lo que he descubierto acerca de este… “Glorioso Cachivacache” como le decía mi padre a este objeto.
Como sabrá usted, maestro Dionisio, esta antigualla corresponde al periodo de la grandeza de Mohenjo Daro en el año 2500—3000 antes de Cristo. La cultura de Mohenjo se desarrolló frente al mar Arábigo, dentro del área del Valle del Indo y junto a las riberas del río del mismo nombre. Aunque, si usted lo ha notado, las inscripciones después de los números, que ahí se representan, trae el nombre de Visnú un dios sumamente importante para la cultura Aria, como antiguamente se hacía llamar. Aparece otro nombre; Enlil que al parecer nada tiene que ver con la cultura india, pero si mucho que ver con los sumerios.
—Quiero aclarar—Le interrumpí—, que esta datación de fechas corresponde más a la cultura Harappa, que a la de Mohejo Daro, ya que después de quitar esta gruesa capa de herrumbre, ha quedado al descubierto esta lectura, Harappa 3000. Es decir, corresponde al periodo de florecimiento de la cultura de los Harappanos. Pero, no obstante, es de suma importancia lo que usted me está diciendo, porque instituye que este objeto tiene su propia historia a través del tiempo.
—Eso no es todo, mi padre hizo que le aplicaran la prueba del carbono 14, resultó con una cantidad de años increíble; nada menos que 12 500 años de antigüedad. Según las variables, existe un promedio de 500 años de diferencia en los resultados del carbono 14. Si usted me lo permite, quisiera yo continuar con la ponencia de mis descubrimientos. El dios Visnú, es para muchos hindúes el Dios Universal benévolo, siempre que la Humanidad lo necesita aparece como un avatar o reencarnación. Visnú vino a destronar a Brahama hace muchos años dentro de la mitología de los pueblos hindúes. Ahora bien, el siguiente nombre pertenece a un dios extraterrestre, según el relato sumerio. Este dios, o gobernador de un planeta, que hace 12 000 años llegó a la tierra en busca de enormes cantidades de oro, metal muy necesario para la sobrevivencia de los Anunaki, gente que se apersonó con este nombre en nuestro planeta. Si bien esta historia es cierta, venían en representación del Dios Enlil. Hasta aquí mi teoría con respecto a estos dos nombres o personajes. Quiero decirle que la pasión de mi padre, en su deseo de descubrir los secretos de su “Glorioso Cachibache”, parece que lo llevó a rayar el objeto borrando algunas líneas.
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— ¿Es todo lo que tiene usted para mí?— Lo mire serenamente, haciéndole sentir que comprendía su teoría. En tanto Martín Salazar sacaba algunas figurillas curiosas de arte precolombino mostrándome algunas antropomorfas—. Pues se ha quedado usted corto mi amigo. Esta “cosa”, trae un mensaje más profundo o más interesante, conforme la voy limpiando, va apareciendo el complemento del texto y no sé qué pensar. Esto que pareciera representar el sistema planetario, no lo es. Lo que yo creía que era una simple Cruz Gamada aquí me está diciendo, que es la representación del Universo en movimiento, pero también la Vía Láctea, nuestra galaxia y ubica el lugar, dentro de ésta, donde se encuentra el planeta de nuestros amigos los Anunaki. Así que la media vuelta del arco iris, no es eso, más bien es la óptica del que desarrollo este pequeño diseño de ubicación espacial. Es decir, es un rayado de proyección visto desde lejos. Esto requiere de traducir lo más acertado posible este mensaje, además de buscar a un experto en códigos binarios, para que descifre esta serie de signos.
—Disculpe usted Dionisio, pero en realidad, mi estudio fue demasiado somero, ya que desconozco las técnicas de limpieza para hacer el trabajo que usted realiza. Y es que estuve tentado a hacerlo lo mismo que hizo mi padre, raspando el moho, que bueno que no lo lleve a cabo. Yo tenía mis dudas respecto de la cruz de los brazos giratorios, llegué a pensar que algún loco pudo ponerla con un lápiz electrónico, pues a diferencia de lo demás que viene incrustado en oro, esto está dibujado.
—Sí, lo comprendo, no faltaría el idiota que pensando en los nazis lo hubiese hecho, o sencillamente tanto ignorante que pinta o raya por estulticia. Pero no, aquí nos habla precisamente de este símbolo, solo que nos dice que representa a una gran divinidad, como Centro Creador del Universo o, en su defecto, un gran centro espiritual en el que todo gira en su derredor. Recordemos que este símbolo también se usaba en la antigüedad, era sinónimo de las razas solares, en este caso se refiere a la raza aria o hindú. Que interesante resulta descifrar este pequeño texto… Le parece bien que nos veamos mañana, lo invito a comer, le dije de forma inesperada, lo espero a las tres de la tarde aquí mismo.
El hombre y su amigo se fueron, yo me quede con la interrogación de tener en mis manos un artículo que por su sola antigüedad valía una fortuna. El mensaje constataba la existencia de un planeta en la Vía Láctea cerca de nosotros, lo que parecía un sistema solar, no era tal. Esto contaba en síntesis, el relato de los sumerios acerca de los Anunaki y de cómo llegaron a nuestro mundo, el mensaje comenzaba así… “Hace 12 mil años nuestro planeta se acercó al suyo, pudiendo nosotros realizar el viaje por primera vez y visitarlos por órdenes del Gran Enlil”. El mensaje habla también de una cruenta guerra con los Señores O Chang, la raza amarilla, que vino a refugiarse a este planeta dejando una nave nodriza esperando en el espacio exterior, lista para atacarnos. De esa fecha corresponde lo que dejamos como testimonio. Los Señores O Chang, se mezclaron con ustedes generando una raza intermedia, posteriormente fueron exterminados, no así, el fruto de la mezcla que prosperó convirtiéndose en la raza amarilla. Este aparato reconstruye nuestro paso por el planeta azul y da cuenta de la vida en el nuestro. Ehzel, Anunaki.
Todo un concierto de ideas despertaba esta historia, eso de que este aparato reconstruye su historia, pues… en gran medida, pero no es lo que ellos, me supongo, pensaron decir o dejar. Seguí limpiando un poco más y apareció la figura de un hombre junto a la de un gigante, que le doblaba el tamaño, por la vestimenta y el tamaño es de suponerse quién era el terrícola. Ahora sólo quedaba el código binario por descifrar, pero éste se lo mandaría por internet a un amigo a la Universidad, donde es investigador en sistemas computacionales. Seguí limpiando y por la parte de atrás del objeto quedó al descubierto un mapa estelar, que ubicaba al planeta de los Anunaki, relativamente cerca de nosotros cada 12 000 años. La diferencia estribaba en su larga trayectoria elíptica y oblicua, alrededor de nuestro sistema solar o espacio interestelar.
Al otro día Alejandro Polansky llegó a la hora, el señor Martín Salazar traía consigo fotografías de mi señor padre al lado de los pescadores, los que habían encontrado esta pieza dentro de la panza de un tiburón, solícitamente las puso a mi alcance .
—Pasen— Les dije, después de saludarlos efusivamente—, conforme a las investigaciones que he llevado a cabo, esta pieza tiene un valor Histórico incalculable, lo que aquí se narra nos habla de una civilización inteligente desarrollada desde hace milenios, con artefactos poderoso como para devorar grandes distancias, lo mismo nos dice que la raza amarilla no es originaria de este planeta—Lo ataqué con mis conceptos generados a partir de mis descubrimientos, estudiando la“Pieza”, ahora se convertía en “La Pieza”.
—Qué le parece si sobre la mesa comentamos todo esto, me deslumbra con sus opiniones, porque concordamos en la mayoría de los conceptos. –Atajó Polansky.
Comimos enteramente satisfechos, un pescado a la talla, tal y como se acostumbra por aquí por la región del Río Balsas. Invité a mis visitas a pasar al lugar de los hechos; mi mesa de trabajo. “La Pieza” estaba reluciente de limpia y las incrustaciones en oro brillaban, brillaba toda ella. Comencé mi larga descripción intercalando mis propios argumentos acerca de esto o aquello, Alejandro sonreía complaciente, aseverando que eso era, exactamente lo que él venía pensando desde hacía tiempo, sólo que él había descubierto menos cosas que yo— Sólo faltan los códigos binarios—, me señaló.
—Esto es de lo más sencillo que puede existir, claro para alguien que estudie este lenguaje, recuerde usted mi amigo, que los Mayas utilizaban ya está escritura en su sistema de numeración, además este código binario como lenguaje es propio, hoy en las computadoras. Y no se alarme, pero ya le tengo una respuesta. Escuche usted lo que este mensaje dice y espero que usted tenga la respuesta, que a mí me hace falta para comprender esto que se menciona aquí. “r m p h—s t r o r g” Proyector. Según el especialista, este código binario habla de una especie de cinta fílmica o de un programa para ver imágenes, de ahí que él le pusiera a guisa de nombre “proyector”, que vendría a ser lo que más se le acerca a esta cosa. Y bueno, creo que nos quedamos hasta donde hemos llegado en nuestras investigaciones ¿No le parece?
—Caray Dionisio, no deja usted de deslumbrarme, creo que sólo falta escribir sobre esto con seriedad y que mejor que usted para hacerlo. Yo me quedo satisfecho porque cumplí lo que mi padre hubiera querido, certificar la autenticidad de este objeto, más allá de las especulaciones de que era un pieza de culto religioso, que se habló de ella en la India hace más de 500 años antes de Cristo, que pertenecía a un Buda gigante que lo tenía incrustado en la frente como un tercer ojo, en fin, esta es una aportación del Grupo Racma de aquí de la Costa michoacana, ellos también han investigado por su parte. Considero lo hasta aquí dicho como prueba fehaciente de que mis argumentos, también están centrados en lo que refiere a una civilización ulterior, con una evolución tecnológica superior a la nuestra. Todo esto me lleva a ubicarme en los relatos de los Vedas, donde se habla que, “…Los Señores volaban en sus vimanas y disparaban rayos más potentes que diez mil soles juntos”, quizá esta historia parezca un cuento de ciencia ficción, pero los datos aportados por “La Pieza” son en demasía explícitos y, usted dirá qué hacemos con mi “Cachibache”.
—Considero que habría que entregarlo al Gobierno Mexicano y de ahí que le sea entregado a la Embajada Hindú. Es una joya, económicamente hablando, pero su valor intrínseco es superior al que pudriera tazar cualquier comprador de antigüedades. Ahora que la respuesta es toda suya. En tanto yo le decía esto, la capa más gruesa de herrumbre se desprendía por una esquina y dejaba ver los mismos signos del código binario. Espere Alejandro, creo que esto nos depara más sorpresas, ¡mire!—Le señalaba yo la parte descubierta.
Cogí un cincel especial y comencé a depurar la zona aquella, que estaba sobre los bordes laterales donde se unían los dos platos, en caso de que lo fueran. Efectivamente, eran un juego completo de rodajas con signos binarios, era un código completo. Vino a mi mente la combinación de una caja fuerte, una vez descubierto en su totalidad la volví a colocar en la mesa de trabajo y— ¿Qué hacemos?—, le pregunté a Alejandro.
—Pues… usted es el sabio—.Me dijo sonriendo, con cara de interrogación.
—Cuando quité la cascara que protegía esta zona, salió una especie de aceite o lubricante en mínima cantidad—Le dije—, pero en buen estado. Veamos si estas pequeñas rodajas se mueven. Estoy pensando en una combinación de caja fuerte, es decir colocar los signos binarios de la pieza en la misma posición, con este juego de rodajas. Veamos qué cosa sucede. Así, lo hice y…
Al instante se abrió “La Pieza”, como una ostra, dejando ver su interior. Todos expresamos nuestra admiración. ¡Aaaa….!
Esto era increíble. En el interior había una lente montada sobre una caja cuadrangular, era un cañón de proyección, que al instante comenzó a proyectar una filmación donde se veía nuestro mundo hacía miles de años y también el planeta Strorg, de los Anunaki.
Nosotros permanecimos con la boca abierta, corroborando nuestra teoría de que; En el pasado remoto, existió una civilización altamente desarrollada tecnológicamente y que vino allende el Universo.

Fin